Estaba triste porque su sensor ya no funcionaba. Se había vuelto insensible…
-¿Siente?
-No
Y entonces el silencio se quedó con todas sus cosas.
-Es genético.- Le dijeron.
-Con lamentarse no se arregla la realidad. Sea creativo.- Le recomendaron.
Y escribió las palabras:
“Nosotros y los genes… tenemos ciertas características únicas: tenemos la capacidad de imaginar, de fantasear; nos comunicamos de maneras elaboradas (creamos lenguajes orales, escritos y visuales)… Tenemos…
¡Conocidos y amigos!:
Hay que luchar contra el determinismo genético.
Podemos lograr un cambio, una transformación.
Pero el cambio se produce desde adentro, empieza, sí o sí, al darse cuenta:
yo y tú,
todos por la tierra.
Deseamos una transformación profunda,
una metamorfosis del genoma humano
que nos haga compatibles con la tierra.
El pasado ya fue, el futuro no ha llegado.
Hagamos el clic,
nuestro tiempo es hoy
y desde lo humano
que la luna y las galaxias puedan ver
nuestro claro de tierra.
Necesitamos un planeta perenne
para nuestros hijos, nietos, bisnietos, tataranietos…”
Escribió estas palabras sin decirlas.
El silencio es muchas veces el comienzo de todo.
Y así dejó las huellas de su paso.

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